Una chinita nomás

El primer viaje

La pequeña sabía que esa noche, no sería como las demás. Ese instinto que ahora tiene, lo percibe desde muy niña.

Aquella madrugada, no podía conciliar el sueño. Su madre la tenía abrazada por detrás, en posición fetal; mientras lagrimeaba y suspiraba. Algo andaba mal.

Todos dormían, en esa habitación tan reducida, donde sólo cabían dos camas, una cómoda que estaba comenzando a apolillarse, una televisión de blanco y negro, que poco después fue cambiada por una de catorce pulgadas, a colores y control remoto.

En ese espacio, en el cual mágicamente todos entraban, se podía escuchar hasta el respiro de una persona, sin embargo, nadie oía a la desconsolada madre llorar. El sueño y el cansancio, fueron más poderosos que las sensaciones auditivas.

Pero, para la criatura, no. Tenía pena hablarle a su mamá y preguntarle qué ocurría. Quiso ocultar su vergüenza e interrogó con voz temblorosa.

-  ¿Por qué lloras, mami? – Preguntó su hija.

Rápidamente quitó el brazo del pecho de su niña y secó sus lágrimas. – Nada hijita, sólo pensaba – Respondió sorprendida, al saber que su llanto había sido escuchado.

-  Mami, ¿Es por qué te vas a ir? – Replicó, la pequeña.

-  Sí, mami, ya falta poco para irme. – Agarró valor, la mujer, y estableció una corta conversación con su princesa.

-  ¿Me vas a dejar? – La voz de la niña comenzaba a reducirse.

-  Te vas a quedar con tu papá y tus hermanos, ellos te van a cuidar.

-  No me dejes, mami- Y no pudo más, La pequeña de ocho años, comenzó a llorar.

Su madre, la abrazó y le dijo “No llores, se van a despertar tus hermanos”.

Aunque, su hija entendió rápidamente, el dolor en su corazón se dejaba sentir. No sabía qué iba a ser sin su mamá. No sabía por cuánto tiempo iba a permanecer fuera del país. No sabía qué hacer sin ella. Y sobre todo, no sabía por qué la dejaba.

****

En el transcurso de los días, sus hermanos le explicaron, que su madre viajaba, por temas de trabajo. El dinero no alcanzaba. Problemas económicos afectaban a la familia. El padre, ya no tenía un trabajo estable, fue retirado de su empresa, pero aun así, continúo, se las buscó por su parentela. No obstante, no era suficiente. Papá y mamá, hacían mucho por sus retoños, querían que crezcan y estén con una buena base estudiantil. Para eso trabajaban, a parte de los gastos y necesidades esenciales.

En ese momento, la niña no podía entender, porque su progenitora se iba a otro país, si dónde vivían también, se podría conseguir trabajo. No deducía el grado del problema que había en su casa, para que ella pudiera tomar una decisión de tal magnitud.

Pero logró recordar cuando su madre llegaba todas las noches cansada, con un postre, que traía de su labor como señora de limpieza, que en algunas ocasiones, la pudo acompañar. Una casa muy grande, muebles y accesorios muy bien conservados, a simple vista parecían nuevos. Aparatos tecnológicos, un espacio gigantesco y hermoso.

“Quizás ese es el problema” pensó. “Mi mami se siente cansada de estar limpiando, le duele su espalda, sus manitos deben estar arrugadas de tanto coger agua, pasar la escoba, la lustradora, sacar el polvo, planchar, lavar… ¡Qué cansancio! Mi mami no es de acero, seguro la señora le pagará mucho dinero, para todo lo que hace… O de repente... ¿no?”

¡Eso es! Ella se está yendo porque quiere ganar más dinero. Sus hermanos mayores estaban en la universidad. Se necesitaba plata. La madre estaba haciendo el esfuerzo de dejar a sus cuatro hijos, para irse a buscar un futuro para ellos. ¿Era posible que sea tan fuerte y no le duela? Por eso, es que lloraba de madrugada, para que nadie la oiga y no sientan el dolor que ella deploraba. ¡Qué valiente! Dejar toda su vida, para dar un mejor porvenir a los suyos. Viajar a un nuevo país, dónde no conocía a nadie y tendría que buscárselas por sí sola. No tendría apoyo emocional de nadie.

El resentimiento y los pensamientos que daban vueltas a su cabeza por fin tuvieron una luz. Era la más grande demostración de amor y sacrificio, que esa mujer hacía por sus hijos. Se imaginaba cuando se separaba de sus muñecas y sentía tristeza, no era una comparación digna, pero trató de asociar, con sus tesoros más preciados.

Los días anteriores al viaje, ella trataba de ser buena hija y decirle mucho a su mamá que la quería. Su madre, por naturaleza no era tan cariñosa. Siempre recalcaba que su abuela también lo era con ella, seguro por eso, lo era con nosotros. A pesar de su frialdad, también le contestaba “Yo también te quiero mucho, hijita”

****

El día en que viajó, no lloró, se aguantó. Los ojos se le humedecían, pero rápidamente se los secaba. Prometió no romper en llanto. Sin embargo, notaba que su mamá también se hacía la fuerte. Sus cuatro hijos estaban ahí, en el aeropuerto, esperando que llegue el momento de ver marchar a su querida mamá. Dejarla partir, y no saber cuándo iban a volver a verla.

Se despidieron, nadie lloró, como se juraron los hermanos. “Para no hacer sentir mal a su viejita”. Cruzó la línea de embarque y solo atinó en alzar su mano y sacudirla en señal de despedida.

Sintió que su corazón iba a explotar, era nueva esa sensación de dolor; pestañeó y las lágrimas comenzaron a caer sin reparo alguno, no podía contenerlo más, no había marcha atrás. Su madre se fue… y no sabía cuándo volvería.

Pues ahora, después de todo aquel tiempo transcurrido, tengo la certeza, que no hay mayor sacrificio de una madre que dejar a sus hijos, aunque otras personas la vean como una “mala madre, por abandonarlos”, no saben, ni se imaginar el dolor y la tristeza que tuvo la mamá cuando dejó por primera vez, a los hermanos y a pequeña, para un sustento de mejoría.

Por qué sí, la señora y valiente de esta historia es mi madre y la niña, soy yo…


Comentarios

No hay ningún comentario

Añadir un Comentario: