Una chinita nomás

No lo hagas, Ryan.

La siguiente historia es una novela corta, será publicada en partes.

(Los personajes fueron creados desde la imaginación de la autora)


Se encontraban en la puerta de la casa de Ryan. Agarrados de la mano, mirándose el uno al otro, sonriendo y emocionados, bajo el manto nocturno, acompañados por el brillo de las estrellas.

Cumplían su segundo año de relación. Para Mariana fueron los setecientos treinta días más hermosos de su vida. No esperaba encontrar el amor, a sus cortas dieciocho primaveras, ya que su vida giraba en torno a su abuela “Luchita”, una anciana de ochenta y cinco años, quien prácticamente vivía recostada en su cama, con los signos de la vejez, puesto que la memoria le fallaba, ella apenas caminaba; sin embargo,  sentía los abrazos cálidos de su nieta, y reconocía su melodiosa y dulce voz, las noches que se sentaba frente a su cama y comenzaba a relatarle su día.

Luchita era su única familia, Sus padres murieron en un accidente vehicular, cuando Mariana apenas era un bebé. Luchita, se hizo cargo de su nieta; lavando ropa de los vecinos, tejiendo a crochet mantas, para una señora que requería de sus servicios textiles. Luchita era su mamá.

 Desde que Mariana, cumplió los doce años, comenzó a trabajar, sin olvidarse de sus estudios. Luchita, no iba a permitir, que su nieta trabaje sin estudiar. Fue un trato acordado por las dos. Mariana, ayudaba a su abuela en lavar la ropa. Los fines de semana cuidaba a una niña a sólo cinco cuadras de su casa. Regresaba cansada, pero con dinero en la mano, eso era lo que importaba. “Luchita tenemos para el almuerzo de mañana, yo invito” Repetía cada viernes, por las noche, entusiasmada.

Al terminar sus estudios, a los quince años, Mariana ganó una beca en una universidad importante de Lima. Sus excelentes promedios ayudaron a que pueda realizar su sueño de ser una profesional y destacarse entre tantos arquitectos a futuro.

A unos meses de empezar la universidad, Mariana seguía trabajando como niñera, en otro distrito de Lima, cinco días a la semana, sólo hasta el mediodía, su sueldo había mejorado. Dejaba todo listo, para el desayuno de Luchita, en la mesa de noche, al lado de su cama.

Los fines de semana, disfrutaba ir a un parque, que estaba a la vuelta de su casa. Ella prefería, quedarse con Luchita, conversando; pero al parecer, a su abuela le gustaba regocijarse en su sueño. Mariana aprovechaba en salir a respirar aire fresco, con cuaderno en mano. Le gustaba dibujar.

Sentada en los asientos de madera, Mariana, dibujaba todo lo que veía en ese parque con pileta, loza de deporte, juegos oxidados para niños, que no era impedimento para las madres, quienes dejaban a sus retoños divertirse, mientras ellas agrupadas, tomaban helados comentando las infidelidades de Don Paulino y burlándose de la inocencia de Doña Sol.

* * * *

Ryan, sosteniendo la mano derecha de Mariana e impregnado en su mirada por sus hermosos ojos color miel,  le recordaba el día en que se conocieron:

“Mi amor, mi bella Mari, gracias por estos dos años maravillosos que pasé a tu lado, no creí poder enamorarme de ti, tan solo recordar que te conocí aquella tarde de febrero, cuando de casualidad recogí la pelota y pasé por tu lado..."  A Ryan le gustaba repetirle siempre como se conocieron, mientras se reía, y acariciaba la larga cabellera ondeada de Mariana. "...Eres mi único y gran amor. No sabes cuánto te amo, cuánto daría a la vida para que me deje junto a tu lado. Me enseñaste a ser mejor persona y no cambiaría ningún momento por pasar tiempo contigo, princesa... Me hiciste sufrir cerca de seis meses para conquistar tu corazón, pero todo ese tiempo valió la pena... Te amo, más que a mi vida, mi reina".  Mariana, cerró sus labios con sus suaves y delicados dedos, y lo besó...

Fue un beso largo, el preciso para acompañar un momento tan sublime. Mariana recordó, una vez más como conoció al amor de su vida…

Aquella tarde de verano, la luz del sol estaba en su máximo esplendor. Era el día perfecto para seguir dibujando a esa cabaña vieja con el veterano hombre en su silla mecedora acompañado por su fiel amigo, un perro mestizo. Mariana, llevaba cerca de media hora sentada bajo un árbol que la cuidaba de los reflejos del sol. Cuando de pronto, una pelota encuerada amarilla pasa cerca a ella y derriba sus implementos de dibujo. Levanta la mirada y escucha correr a una persona. No le tomó importancia y se concentró nuevamente.

- Disculpa.

- No te preocupes.- Contestó Mariana. 


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