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NO LO HAGAS RYAN II

Escrito por MAYRAANGELABR 21-03-2016 en No lo hagas Ryan. Comentarios (0)

....Aquella tarde de verano, la luz del sol estaba en su máximo esplendor. Era el día perfecto para seguir dibujando a esa cabaña vieja con el veterano hombre en su silla mecedora acompañado por su fiel amigo, un perro mestizo. Mariana, llevaba cerca de media hora sentada bajo un árbol que la cuidaba de los reflejos del sol. Cuando de pronto, una pelota encuerada amarilla pasa cerca a ella y derriba sus implementos de dibujo. Levanta la mirada y escucha correr a una persona. No le tomó importancia y se concentró nuevamente.

- Disculpa.

- No te preocupes.- Contestó Mariana.

El muchacho alto, de voz seria, cabello corto y vestido con bermudas negras, polo rojo y zapatillas del mismo color, caminó unos cortos pasos, pero regresó donde estaba sentada Mariana. Se detuvo en frente de ella y le dijo.

- Creo que debo recoger tus cosas. Lo siento.

- ¡Ah! Sí, te olvidaste, pero no importa. - Respondió Mariana, sin levantar la mirada que tenía puesta en su dibujo.

- ¡Ya está! -Dijo el muchacho, luego de recoger un portador de lápices y algunos pinceles.

- Gracias.

- De nada... Ehmmm... ¿Qué pintas? ¿No tienes calor?- Preguntó, mientras se rascaba la cabeza.

- No tienes que ser amistoso, si no quieres. -Y levantó su mirada, la impregnó en los ojos marrones del muchacho de metro ochenta. Lo dedujo con tan solo un vistazo de arriba hacia abajo. Y bajó su cuaderno hacia sus rodillas.

-No... Sí... Bueno... No, no - Perplejo por la belleza de Mariana, el joven deportista no sabía que decir. Finalmente lo logró. - No, ¿Cómo crees? Solo quise saber.

Mariana, a primera vista, se detuvo a observar los rasgos hermosos del rostro varonil. Pero el arete que llevaba en una de sus orejas, hizo que rápidamente baje su cabeza, era el reflejo del sol, que apuntó en sus ojos.

- ¡Oh, disculpa! ¿Me muevo? ¿O me saco el diamante? – dijo sonriendo

- No es necesario. No te preocupes.

- Me llamo Ryan, pero “la gente” me conoce como “El chico” – dijo entre risas- es por mi pequeña estatura – No dejaba de reírse.

- ¡Ah! Hola, yo soy Ma… Mariana. –Respondió sonriendo tímidamente, colocando su cuaderno por encima de su frente, para ocultarse de los rayos solares.

- ¡Mariana! Bonito nombre. Déjame decirte que tienes unos preciosos ojos. ¿Ahora sí me enseñas tus pinturas?

- Son dibujos. Y bueno, está bien, míralos.

Ryan se sentó a su costado, cual confianza ganada, y cogió el cuaderno. Comenzó a ojear, asombrado por las ilustraciones de Mariana.

-¡Ryan! ¡Chiquillo! ¡Ryan! - Se escuchaba a lo lejos a un grupo de muchachos vestidos en ropa deportiva. -¡Apúrate! ¿Qué haces?

- Creo que te llaman, Ryan. -Habló Mariana

- ¿A mí? … No… no creo. –Respondía Ryan, excitado por los preciosos dibujos de Mariana, mientras los miraba de diferentes ángulos.

- ¿Alguien más se llama Ryan? –Sonrió Mariana

- ¡Ah, sí! Espérame un ratito, no te vayas por favor, Mariana. ¿Mariana, cierto? Ryan se paraba y entregaba el cuaderno.

- Sí, Mariana. No te preocupes, no me iré… aún. -Se quedó hablando sola

- “Ya no voy a jugar, me voy, estoy apurado, mañana, mañana a las cuatro en punto en la bodega de “El viejo Ramón, lleven la pelota”. –Logró escuchar Mariana, a un Ryan tan emocionado, y al mismo tiempo oía sus pasos, apenas se acercaba corriendo.

- Ya ahora sí, Mariana...

Esa tarde de febrero fue destinado. Hablaron de sus gustos en común, anécdotas divertidas, metas a futuro, lo que anhelaban, lo que extrañaban, lo que amaban. A pesar de que el día se pasó rápido, a diferencia de los otros,  Mariana no olvidó a Luchita.

- Me tengo que ir, Ryan. Tengo que ver a Luchita, mi abuela.

- Te acompaño, quiero conocerla.

- No creo, que sea buena idea. Recién nos conocemos.

- Al menos hasta la puerta de tu casa.

Mariana asintió gratamente, había algo de Ryan, que a primera impresión le encantó. Su capacidad de establecer conversaciones largas y con sentido del humor, lo hacían de por sí, un chico atractivo.

Mientras llegaban a la casa de Mariana, Ryan cargaba el cuaderno y el portador de lápices, y repetía lo increíble que era aquel dibujo de la madre morena, quien daba de lactar a su pequeñito en los asientos del parque.

- Espero que no sea la última vez que conversemos Mari. -Le dijo Ryan, entregándole sus pertenencias.

- Espero que no, Ryan. - Mariana contestó tímidamente.

Ryan se acercó y la besó en su frente. -Cuídate y saluda a Luchita, dile que la quiero conocer- Se alejaba.

...Continuará...

No lo hagas, Ryan.

Escrito por MAYRAANGELABR 13-03-2016 en No lo hagas Ryan. Comentarios (0)

La siguiente historia es una novela corta, será publicada en partes.

(Los personajes fueron creados desde la imaginación de la autora)


Se encontraban en la puerta de la casa de Ryan. Agarrados de la mano, mirándose el uno al otro, sonriendo y emocionados, bajo el manto nocturno, acompañados por el brillo de las estrellas.

Cumplían su segundo año de relación. Para Mariana fueron los setecientos treinta días más hermosos de su vida. No esperaba encontrar el amor, a sus cortas dieciocho primaveras, ya que su vida giraba en torno a su abuela “Luchita”, una anciana de ochenta y cinco años, quien prácticamente vivía recostada en su cama, con los signos de la vejez, puesto que la memoria le fallaba, ella apenas caminaba; sin embargo,  sentía los abrazos cálidos de su nieta, y reconocía su melodiosa y dulce voz, las noches que se sentaba frente a su cama y comenzaba a relatarle su día.

Luchita era su única familia, Sus padres murieron en un accidente vehicular, cuando Mariana apenas era un bebé. Luchita, se hizo cargo de su nieta; lavando ropa de los vecinos, tejiendo a crochet mantas, para una señora que requería de sus servicios textiles. Luchita era su mamá.

 Desde que Mariana, cumplió los doce años, comenzó a trabajar, sin olvidarse de sus estudios. Luchita, no iba a permitir, que su nieta trabaje sin estudiar. Fue un trato acordado por las dos. Mariana, ayudaba a su abuela en lavar la ropa. Los fines de semana cuidaba a una niña a sólo cinco cuadras de su casa. Regresaba cansada, pero con dinero en la mano, eso era lo que importaba. “Luchita tenemos para el almuerzo de mañana, yo invito” Repetía cada viernes, por las noche, entusiasmada.

Al terminar sus estudios, a los quince años, Mariana ganó una beca en una universidad importante de Lima. Sus excelentes promedios ayudaron a que pueda realizar su sueño de ser una profesional y destacarse entre tantos arquitectos a futuro.

A unos meses de empezar la universidad, Mariana seguía trabajando como niñera, en otro distrito de Lima, cinco días a la semana, sólo hasta el mediodía, su sueldo había mejorado. Dejaba todo listo, para el desayuno de Luchita, en la mesa de noche, al lado de su cama.

Los fines de semana, disfrutaba ir a un parque, que estaba a la vuelta de su casa. Ella prefería, quedarse con Luchita, conversando; pero al parecer, a su abuela le gustaba regocijarse en su sueño. Mariana aprovechaba en salir a respirar aire fresco, con cuaderno en mano. Le gustaba dibujar.

Sentada en los asientos de madera, Mariana, dibujaba todo lo que veía en ese parque con pileta, loza de deporte, juegos oxidados para niños, que no era impedimento para las madres, quienes dejaban a sus retoños divertirse, mientras ellas agrupadas, tomaban helados comentando las infidelidades de Don Paulino y burlándose de la inocencia de Doña Sol.

* * * *

Ryan, sosteniendo la mano derecha de Mariana e impregnado en su mirada por sus hermosos ojos color miel,  le recordaba el día en que se conocieron:

“Mi amor, mi bella Mari, gracias por estos dos años maravillosos que pasé a tu lado, no creí poder enamorarme de ti, tan solo recordar que te conocí aquella tarde de febrero, cuando de casualidad recogí la pelota y pasé por tu lado..."  A Ryan le gustaba repetirle siempre como se conocieron, mientras se reía, y acariciaba la larga cabellera ondeada de Mariana. "...Eres mi único y gran amor. No sabes cuánto te amo, cuánto daría a la vida para que me deje junto a tu lado. Me enseñaste a ser mejor persona y no cambiaría ningún momento por pasar tiempo contigo, princesa... Me hiciste sufrir cerca de seis meses para conquistar tu corazón, pero todo ese tiempo valió la pena... Te amo, más que a mi vida, mi reina".  Mariana, cerró sus labios con sus suaves y delicados dedos, y lo besó...

Fue un beso largo, el preciso para acompañar un momento tan sublime. Mariana recordó, una vez más como conoció al amor de su vida…

Aquella tarde de verano, la luz del sol estaba en su máximo esplendor. Era el día perfecto para seguir dibujando a esa cabaña vieja con el veterano hombre en su silla mecedora acompañado por su fiel amigo, un perro mestizo. Mariana, llevaba cerca de media hora sentada bajo un árbol que la cuidaba de los reflejos del sol. Cuando de pronto, una pelota encuerada amarilla pasa cerca a ella y derriba sus implementos de dibujo. Levanta la mirada y escucha correr a una persona. No le tomó importancia y se concentró nuevamente.

- Disculpa.

- No te preocupes.- Contestó Mariana. 


El primer viaje

Escrito por MAYRAANGELABR 05-03-2016 en El primer viaje. Comentarios (0)

La pequeña sabía que esa noche, no sería como las demás. Ese instinto que ahora tiene, lo percibe desde muy niña.

Aquella madrugada, no podía conciliar el sueño. Su madre la tenía abrazada por detrás, en posición fetal; mientras lagrimeaba y suspiraba. Algo andaba mal.

Todos dormían, en esa habitación tan reducida, donde sólo cabían dos camas, una cómoda que estaba comenzando a apolillarse, una televisión de blanco y negro, que poco después fue cambiada por una de catorce pulgadas, a colores y control remoto.

En ese espacio, en el cual mágicamente todos entraban, se podía escuchar hasta el respiro de una persona, sin embargo, nadie oía a la desconsolada madre llorar. El sueño y el cansancio, fueron más poderosos que las sensaciones auditivas.

Pero, para la criatura, no. Tenía pena hablarle a su mamá y preguntarle qué ocurría. Quiso ocultar su vergüenza e interrogó con voz temblorosa.

-  ¿Por qué lloras, mami? – Preguntó su hija.

Rápidamente quitó el brazo del pecho de su niña y secó sus lágrimas. – Nada hijita, sólo pensaba – Respondió sorprendida, al saber que su llanto había sido escuchado.

-  Mami, ¿Es por qué te vas a ir? – Replicó, la pequeña.

-  Sí, mami, ya falta poco para irme. – Agarró valor, la mujer, y estableció una corta conversación con su princesa.

-  ¿Me vas a dejar? – La voz de la niña comenzaba a reducirse.

-  Te vas a quedar con tu papá y tus hermanos, ellos te van a cuidar.

-  No me dejes, mami- Y no pudo más, La pequeña de ocho años, comenzó a llorar.

Su madre, la abrazó y le dijo “No llores, se van a despertar tus hermanos”.

Aunque, su hija entendió rápidamente, el dolor en su corazón se dejaba sentir. No sabía qué iba a ser sin su mamá. No sabía por cuánto tiempo iba a permanecer fuera del país. No sabía qué hacer sin ella. Y sobre todo, no sabía por qué la dejaba.

****

En el transcurso de los días, sus hermanos le explicaron, que su madre viajaba, por temas de trabajo. El dinero no alcanzaba. Problemas económicos afectaban a la familia. El padre, ya no tenía un trabajo estable, fue retirado de su empresa, pero aun así, continúo, se las buscó por su parentela. No obstante, no era suficiente. Papá y mamá, hacían mucho por sus retoños, querían que crezcan y estén con una buena base estudiantil. Para eso trabajaban, a parte de los gastos y necesidades esenciales.

En ese momento, la niña no podía entender, porque su progenitora se iba a otro país, si dónde vivían también, se podría conseguir trabajo. No deducía el grado del problema que había en su casa, para que ella pudiera tomar una decisión de tal magnitud.

Pero logró recordar cuando su madre llegaba todas las noches cansada, con un postre, que traía de su labor como señora de limpieza, que en algunas ocasiones, la pudo acompañar. Una casa muy grande, muebles y accesorios muy bien conservados, a simple vista parecían nuevos. Aparatos tecnológicos, un espacio gigantesco y hermoso.

“Quizás ese es el problema” pensó. “Mi mami se siente cansada de estar limpiando, le duele su espalda, sus manitos deben estar arrugadas de tanto coger agua, pasar la escoba, la lustradora, sacar el polvo, planchar, lavar… ¡Qué cansancio! Mi mami no es de acero, seguro la señora le pagará mucho dinero, para todo lo que hace… O de repente... ¿no?”

¡Eso es! Ella se está yendo porque quiere ganar más dinero. Sus hermanos mayores estaban en la universidad. Se necesitaba plata. La madre estaba haciendo el esfuerzo de dejar a sus cuatro hijos, para irse a buscar un futuro para ellos. ¿Era posible que sea tan fuerte y no le duela? Por eso, es que lloraba de madrugada, para que nadie la oiga y no sientan el dolor que ella deploraba. ¡Qué valiente! Dejar toda su vida, para dar un mejor porvenir a los suyos. Viajar a un nuevo país, dónde no conocía a nadie y tendría que buscárselas por sí sola. No tendría apoyo emocional de nadie.

El resentimiento y los pensamientos que daban vueltas a su cabeza por fin tuvieron una luz. Era la más grande demostración de amor y sacrificio, que esa mujer hacía por sus hijos. Se imaginaba cuando se separaba de sus muñecas y sentía tristeza, no era una comparación digna, pero trató de asociar, con sus tesoros más preciados.

Los días anteriores al viaje, ella trataba de ser buena hija y decirle mucho a su mamá que la quería. Su madre, por naturaleza no era tan cariñosa. Siempre recalcaba que su abuela también lo era con ella, seguro por eso, lo era con nosotros. A pesar de su frialdad, también le contestaba “Yo también te quiero mucho, hijita”

****

El día en que viajó, no lloró, se aguantó. Los ojos se le humedecían, pero rápidamente se los secaba. Prometió no romper en llanto. Sin embargo, notaba que su mamá también se hacía la fuerte. Sus cuatro hijos estaban ahí, en el aeropuerto, esperando que llegue el momento de ver marchar a su querida mamá. Dejarla partir, y no saber cuándo iban a volver a verla.

Se despidieron, nadie lloró, como se juraron los hermanos. “Para no hacer sentir mal a su viejita”. Cruzó la línea de embarque y solo atinó en alzar su mano y sacudirla en señal de despedida.

Sintió que su corazón iba a explotar, era nueva esa sensación de dolor; pestañeó y las lágrimas comenzaron a caer sin reparo alguno, no podía contenerlo más, no había marcha atrás. Su madre se fue… y no sabía cuándo volvería.

Pues ahora, después de todo aquel tiempo transcurrido, tengo la certeza, que no hay mayor sacrificio de una madre que dejar a sus hijos, aunque otras personas la vean como una “mala madre, por abandonarlos”, no saben, ni se imaginar el dolor y la tristeza que tuvo la mamá cuando dejó por primera vez, a los hermanos y a pequeña, para un sustento de mejoría.

Por qué sí, la señora y valiente de esta historia es mi madre y la niña, soy yo…


Mi amiga "Anna"

Escrito por MAYRAANGELABR 01-03-2016 en Mi amiga Anna. Comentarios (0)

Los nombres principales han sido cambiados.

Empezaba un nuevo ciclo en la universidad, segundo, para ser más exacta, luego de haber pasado dos largos años de estar “desintoxicada” de los estudios. Me cambié al turno de la mañana, ya que si seguía en la tarde, no tendría tiempo para poder cuidar a mi bebé, de tan solo seis meses.

Mi última clase de la semana, “Redacción Universitaria”, me aburría, pues no conocía a nadie en esa aula. Para mi suerte, como suele pasar, el profesor a cargo pidió que formáramos grupo de tres personas.

No sabía con quién hacerlo, pues todos se conocían. Miré hacia atrás y vi a una chica de cabello rubio, quien buscaba con la vista a alguien que se uniera a ella. Nuestras miradas se cruzaron y hablamos telepáticamente. ¡Bien! Solo me faltaba una más. Entre tanta gente alborotada, también observé a una jovencita de tez trigueña, llevaba puesto pantalones anchos, un polo multicolores muy corto, cabellera larga, ondeada y negra, estatura mediana; pero lo que más resaltaba de ella, eran sus labios pintados de color rojo carmesí.

Ella se encontraba sentada, esperando a que algún compañero la integre a su equipo. No le presté tanta atención porque en la mitad de la clase discutió con otra participante por un tema que el profesor dictaba, pues cada una defendía su punto de vista con buenos argumentos; sin embargo, su “vocabulario” la ayudó a vencerla sin derecho a réplica.

El profesor nos preguntó a Sharon y a mí, si teníamos el equipo completo, a lo que respondimos negativamente. Él, muy ofuscado, alzó su voz y cuestionó: “¡¿Quién no tiene grupo?!”. La joven de los labios rojo carmesí, respondió. – “Yo”. Así que completé mi agrupación. No me quedaba de otra.

“Me llamo Anna”, – dijo con una sonrisa de oreja a oreja.

Sharon y yo nos presentamos. Nos paramos ante el pizarrón para escoger nuestro tema, el cual expondríamos a fin de ciclo. Inmediatamente, sentí que mi hombro izquierdo caía con tanta fuerza, la razón era que se colgó de nosotras “para entrar en confianza”.

Le gustaba cantar hip hop, rap, ese era su onda. Y a primera vista, era idéntica a Amy Winehouse. Cuando la escuché por primera vez, me dije “Talentazo” ¡Qué hermoso cantaba! Tenía un estilo propio, cautivador. No quería dejar de escucharla. El sonido y tono de su voz, enamoraba a todo aquel que la escuchaba cantar. Que diferencia era al escucharla hablar y cuando se detenía a entonar sus canciones personales.

Para ser sincera, nuestro trabajo, estaba hecho un asco.

No sé qué pasó, qué ocurrió, cómo sucedió, pero la monografía, mejor dicho, la media monografía, estaba lista… ¡Gracias a Dios! Sharito y yo estábamos listas,  vestidas en sastre, esperando que ella llegue con la memoria “flash” para poder presentar las diapositivas.  Con lo poco que había estudiado, me sentía preparada. Igual tenía que salvar mi nota.

Pasaron las horas 8:00 am, 9:00 a.m., 10:00 a.m., 11:00 a.m., 11:30 a.m.

Por fin, llegó. No nos quedó de otra que rogar al profesor puesto que éramos el primer grupo en exponer, pero no quiso, perdimos el curso. Me sentí tan mal, tenía cargo de conciencia. No podía explicárselo a mis padres. Era un curso. Un curso que me tendría que costar. A esas alturas de mi vida, la plata era lo que menos quería desperdiciar.

Como era de esperarlo, lo llevé el siguiente ciclo de nuevo. ¡Qué aburrido! Felizmente, me tocó una profesora tan especial, Anshela Vargas. Pero no todo era especial, para mi sorpresa… Anna también estaba conmigo, en el mismo salón de clases.

Recibí una llamada de Sharito, quien me anunciaba que se cambió de universidad, pero entre tanto palabreo, me dijo lo peor: “Amiga, la mamá de Anna ha fallecido”. En ese momento, sentí que mi corazón se partió y se lo entregué a aquella chica de mirada perdida. Ante lo sucedido, concluimos que esa fue la razón de su conducta en clases.

—“Hola, causa, somos este ciclo pe”. —Me sorprendió la chica diferente detrás de mí. — Me dije silenciosamente: “Ni en broma” y atiné a sonreír.

“Lo siento, enserio, he tenido muchísimos problemas, por eso que estaba en otras, mi mamá murió y… son situaciones que pasan, estoy bien, con ganas de estudiar. Por favor, tienes que aceptarme en tu grupo”. Así que le creí.

En el transcurso del ciclo, volvió a decaer, sentía que iba a repetirse la misma historia. Tenía que tomarme un suspiro, ya que en mi vida personal también habitaban los problemas. En mi cabeza se formaban enredados pensamiento de no saber qué hacer con las cosas.

Un día, llegó y, como de costumbre, se acomodó un asiento tras de mí. Volteé para saludarla y estaba cabizbaja, escuchando música con los audífonos puestos. La moví, jalé su cabellera, se levantó y comenzó a reírse, pero sus ojos rojos la delataron; además, no soporté ese “tufo”, estaba completamente “locaza”.

“Por favor, cómprame chocolate, para que se me baje”. La profesora estaba por entrar, salí y le traje unas “Pícaras”.

“Lo único que encontré” —le dije.

“Gracias, te quiero” —respondió.

Ya me había asegurado y hablé con la profesora que sola asumía la responsabilidad de la monografía.

La semana siguiente, encontré la nuevamente melancólica en el último asiento. Me senté a su lado, preguntándole qué pasaba. Me contó, brevemente su vida.

— “Me están buscando” —comenzó. — “Si te contara por qué, te sorprenderías. Provengo de una familia con muchos problemas”.— “¿Sabes porque murió mi mamá?”

— “Sí, estaba enferma” —respondí convencida.

— “No. Tengo un hermano que está preso. Mi mamá murió por los disparos que le propinaron ante un ajuste de cuentas, cuyo culpable era mi hermano. Ella participó de esta organización, pero salió hace años y se entregó a Cristo; sin embargo, obligada tenía que seguir en ese mundo. La verdad, yo quiero cambiar, salir adelante a través de mis estudios, pero no puedo. Inclusive, ahora me están buscando. ¿No has leído las noticias? Mi hermano mandó a matar al papá de quien asesinó a mi mamá. Por eso, debo irme de aquí lo más rápido posible. Hace unos meses, le rozó una bala a mi papá, solo sé que si le pasa “algo”, me muero, “chola”. Además, tengo un chico muy lindo a mi lado, Enzo, a quien amo con todo mi ser, por eso, no sé si contarle esto. Algún día lo sabrá, mejor que se entere por mí que por los diarios, y me vea muerta. Gracias por escucharme, tenía que desahogarme”.

Me quedé con la boca abierta y solo atiné a decirle: “Busca lo mejor para ti y aléjate de eso. Espero que te vaya bien, te extrañaré”. En realidad, es buena persona, solo que nació en medio de la familia equivocada.

Pasó el tiempo, yo aprobé mi curso, por fin. Llevarlo una vez más, me frustraría. Era el curso más pesado del segundo ciclo, pero recordé a mi amiga Anna y no sabía de ella. ¿Qué le habrá pasado? ¿Estará bien? Pobre de ella.

A los meses, pude hablarle y me dijo que se encontraba muy bien en Piura. “Ya volveré a la universidad” —repetía constantemente.

Hace unas semanas conversé con ella nuevamente, me había dejado un mensaje en mi muro de Facebook.

— “¿En qué horario estás?, ¿Sabes lo que trato de decir?  :D”

Le mandé un “inbox” y me dijo que sí regresaría y que iba a terminar su carrera como sea.

Comenzó el nuevo ciclo, no la encontré, le reclamé por el “chat”:

 “¿Por qué me engañaste?”

 Me respondió que estudiaría en la noche y que me tenía una súper noticia:

“Voy a ser mamá, felicítame”.

Me quedé tonta. No la felicité, sino la interrogué cual madre postiza:

— “¿Hace cuánto que no consumes?” —pregunté preocupada.

—“Hace tres días. Te juro que jamás lo haré”. – Me respondió.

— “¿Has ido a tu control? –

(Se quedó callada)

— “¿Crees que puedes hacerlo?”

–Sí. – Dijo, sin pensarlo.

Rápidamente replicó: _“¿Por qué no me felicitas? Estoy feliz.

Le dije que no creía que estaba preparada y comencé a escribirle todas las actividades que realizaría, qué pensaría, qué necesitaría, y la última pregunta fue:

_“¿Enzo lo sabe?”

–No, ni se lo pienso decir. -Dijo 

Me puse a pensar qué va a ser de ese bebé, si la marihuana afectaría a su organismo, pedí que la suerte la acompañe y que no lo haga más… ¿Podrá salir adelante sola? ¿Por qué su mamá no está con ella en estos momentos? ¿Por qué Anna? ¿Por qué el bebé? ¿Por qué?

Sin embargo, tuve que darle una oportunidad, todos podemos cambiar. Ser madre, en algunas ocasiones, sólo en algunas, te puede cambiar la vida.

Y sí, que le cambió. Además, el talento que tiene es innato y lo supo aprovechar. Quiero verla de nuevo en televisión…